Por Carlos Said C. y Javier Sáez L.
La muerte en la fotografía siempre ha sido un tema de discusión. Así lo cree Roberto Candia (40), reconocido corresponsal de The Associated Press, que debió cubrir el terremoto del 27 de febrero de 2010. “El tratamiento de esta siempre dependerá de la cercanía que tenga el fotógrafo con la tragedia que está cubriendo”, señala el fotoperiodista, autor de la conocida imagen de ‘El hombre de la bandera’. “Un fotógrafo que trabaja la muerte en su propio territorio, siempre será más compasivo”, indica.
¿Se trata de morbosidad?, ¿Hasta dónde puede llegar un fotógrafo?, ¿Cuál es la ideología que se esconde tras la imagen de un cadáver? Estas interrogantes y más, son contestadas por Roberto Candia.
Usted fue uno de los fotógrafos que debió cubrir la tragedia del terremoto del 27 de febrero. ¿Dónde cabe la muerte dentro de la fotografía? ¿Cuál tiene que ser su tratamiento?
La muerte siempre ha sido un tema de discusión. No es fácil de llevar, ni para los editorialistas ni para los fotógrafos. La visión sobre la fotografía también ha ido cambiando, habría que hacer un repaso a la figura del antiguo fotógrafo del pueblo, que estaba incluido en los bautizos, casamientos y celebraciones, pero también en la muerte de las personas. Los niños, cuando morían, eran retratados vestidos de angelitos, sentados o incluso en brazos de sus madres. Ese proceso era normal y se hacía para testimoniar que allí había una persona. El registro fotográfico era el mejor medio que había antiguamente para constatar la existencia de una persona. Después eso se fue dejando, por considerársele truculento.
Volviendo a la actualidad, y colocándonos en la tragedia del terremoto en Chile, la fotografía de la muerte es parte de este proceso. No podríamos entender una tragedia de tal envergadura sin tratar la muerte de alguna forma. Quizás no tiene que ser explícita, pero sí tiene que estar expresada de alguna manera, porque es inevitable. De lo contrario sería una cobertura sesgada.
Y según su caso personal, ¿Cómo se enfrentó a la tragedia? ¿Cómo sabía cuáles eran los límites hasta donde debía llegar?
Me tocó ver mucha gente muerta. Horas después del terremoto salí a la calle a tomar fotografías, estaba en Talca, y en una esquina habían 5 personas fallecidas. Para mí fue muy difícil, porque no iba preparado, pero en algún momento entendí que tenía que registrarlo. Hice una foto, tomada con luz de las linternas de los vecinos que salieron esa madrugada, donde se sugiere que hay gente muerta, no es tan explícito. Al día siguiente fui a Curanipe y vi otras 7 personas fallecidas. En algunos casos se tomaron fotos y en otros no, dependiendo de la crudeza.
En la posterior edición también hay un momento donde había que excluir algunas tomas. Es el propio fotógrafo quien decide cuáles son los límites, estos son siempre personales. Obviamente también está el límite editorial, pero primero es el fotógrafo quien debe decidir si tomar la fotografía y luego debe ver si la envía al medio para el que trabaja.
¿Qué pasa con la muerte dentro de los medios? ¿De qué depende que aparezcan imágenes de gente muerta?
En los medios se vieron pocas imágenes de gente fallecida y uno de los factores que incidió en eso fue precisamente que estos hechos fueron vistos por fotógrafos chilenos. Quiero hacer un paralelo con lo que ocurrió el 11 de septiembre de 2001, en Nueva York. Los medios norteamericanos no mostraron imágenes crudas de cadáveres, a pesar de que existen y se pueden encontrar. Esto tiene que ver con que la cobertura fue hecha por medios norteamericanos, en suelo norteamericano y por ojos norteamericanos. Es una apelación interna a lo que son los sentimientos personales que puede evocar esa situación en la gente que allí vive.
En Chile pasó exactamente lo mismo: no vimos imágenes de muertos en los medios, como sí se vieron para el terremoto de Haití, de una manera muy grotesca y burda. El chileno estaba preparado para ver muertos en los desastres y las guerras en otros países, pero no estaba preparado para ver a morir a sus propios compatriotas. Ahora en Japón pasó lo mismo, pero se debe a temas culturales, ellos no muestran la muerte, porque es muy sagrada. Las pocas imágenes de cadáveres de ese terremoto, fueron tomadas por extranjeros. Todo depende de la cercanía. Un fotógrafo que cubra una tragedia en su tierra siempre será más compasivo.
¿Es el factor socioeconómico de las personas un factor importante al momento de darle un tratamiento a la muerte?
Absolutamente. En el atentado a las Torres Gemelas también había un tratamiento social, elitista y racista. Sin duda los medios usan estas imágenes tomando en consideración el nivel socioeconómico de las personas. El terremoto de Haití es un buen ejemplo. No tiene que ver con la cantidad de muertos, tiene que ver con el estatus que los medios se permiten darles a las personas. Nuestros mismos medios mostraban cuerpos mutilados en Afganistán, en Irak, pero no en Estados Unidos. Hay una línea editorial que no es igual para todos y que opera según el estatus social de las personas.
Muchísima gente está hoy pidiendo ver imágenes del cadáver de Osama Bin Laden. ¿Es para confirmar su muerte o se trata de un simple morbo?
Siempre existe el morbo, pero también están los familiares de las personas que perdieron la vida en los atentados o que dieron la vida en la guerra y que sin duda les gustaría tener la imagen de una persona –Osama Bin Laden- que les ha provocado mucho daño y dolor, como una forma de tener certeza de que su dolor está siendo ajusticiado o algo así. Por otra parte está el punto de vista sociológico y que tiene que ver con la realidad: hasta dónde podemos asumir la muerte de una persona tan emblemática y mediática sin antes haber visto la imagen de su muerte.
En 1967, en la selva boliviana, la CIA atrapó al mítico Ernesto “Che” Guevara. Lo tuvieron en un colegio hasta que llegó la orden de ejecutarlo. Luego hicieron desaparecer el cadáver, igual que con Bin Laden. No existía en ese entonces el examen de ADN, por lo que había que tomar las huellas dactilares para dar testimonio de la muerte del “Che”. Por eso, pidieron que viajaran dos antropólogos desde Buenos Aires para que constataran la evidencia, pero cuando llegaron a Bolivia no encontraron el cuerpo, sino que un par de manos. En este caso, sí se usó la fotografía para dar testimonio de la muerte, no como morbo, sino para evitar que se transformara en un personaje mítico. De todas maneras, luego se transformó en un mito, pero la imagen de su cadáver buscaba lo contrario. La misma discusión se debe estar teniendo ahora en la Casa Blanca, mostrar o no la imagen del cuerpo de Bin Laden, cuidando de que no quede inmortalizado en la conciencia de la gente que aún no cree que esté muerto.
Con Sadam Husein ocurrió lo mismo, hubo un video grabado con un celular, que supuestamente después se filtró. Yo no creo que se haya filtrado sin querer, creo que los propios organismos de inteligencia la filtraron para dejar absoluto testimonio de la muerte de Sadam Husein.
Ideológicamente, ¿Qué es la fotografía? ¿Es la inmortalización de un momento o la muerte de este, entendiendo que nunca más volverá a suceder igual?
A mi parecer todo va a depender de los hechos a los que estamos haciendo alusión. Para mí, la fotografía en sí es la constatación de un momento, y no necesariamente de una realidad. Eso lo he aprendido con el tiempo. Lo que vemos a través de la fotografía es la evidencia de un momento, pero no significa que luego de ese momento la realidad es otra, por lo tanto no podemos apelar a que la fotografía sea un documento de veracidad. Siempre se cae en ese error. Hay muchos que creen que la fotografía tiene naturaleza de realidad, por lo que cualquier cosa que se vea, es real. Y no hablo de tecnologías que modifiquen el contenido de una toma, sino que de la subjetividad que tiene en ella, por esencia.
En el año 1948, el padre del fotoperiodismo William Eugene Smith tenía grandes discusiones con los editores de las revistas para las que trabajaba, como la Life. Ellos le solicitaban a él que fuera objetivo en sus fotografías, y Smith se reía y le decía ‘¿pero de qué objetividad me hablan?’. Si yo tomo una imagen con un lente de 28 milímetros y luego sin moverme ni un centímetro lo cambio por otro de 90 milímetros, ya estoy recortando una porción de la realidad o de ese encuadre, por ende ya soy subjetivo. La fotografía es también una opinión, no es una representación de la realidad.
¿Alguien muerto puede vivir a través de una fotografía?
Hay una reflexión muy bonita que está en el libro ‘Nunca supe sus nombres’, del chileno Marcelo Montecino, y que tiene que ver con los procesos políticos latinoamericanos. En su prólogo escribía una persona que relataba la historia más triste de su vida. Y cuenta que cuando tenía 7 o 9 años de edad, murió su hermano menor. Y él recordaba que sus padres habían retratado a su hijo menor, al poco tiempo de haber nacido, y esas placas fotográficas no habían sido reveladas, pero estaban guardadas en lo alto de un ropero. Un día, el chico trepó al ropero, sacó las placas y las veló accidentalmente, sin haber sido procesadas. Y cuando supo que esas eran las fotografías de su hermano muerto, sintió que naufragaba en un profundo mar sin orillas, porque había constatado que recién en ese momento, su hermano había muerto.
Para mí, eso es la fotografía. En lo que tiene que ver con la vida, es un testimonio absoluto de nuestra presencia y nuestro paso en el mundo, y el relato que se describe en el prólogo de este libro es bastante fino al describir lo que es la fotografía en sí.


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