miércoles, 4 de mayo de 2011

Inmortal mortalidad



Por Iván Cea

Hace un par de días en televisión (el 2 de mayo de

2011) se informaba en los noticiarios de todo el mundo sobre la muerte de uno de los terroristas más buscados por EEUU, el creador de la red Al Qaeda, Osama Bin Laden. Pasaron solo minutos de que el acontecimiento

fuese anunciado por el canal de noticias CNN,

para que en las redes sociales de internet los usuarios comenzaran a exigir fotos que verificaran el fallecimiento.

Este tema llamó bastante la atención dentro de los medios de comunicación. De inmediato se estableció el debate de cuán “ético” era solicitar estas fotografías, si es que esto se encontraba dentro de lo moralmente correcto, o si es que solo se trata

del morbo de las personas. Asunto no menor en una sociedad que se ha criado

con la frase “una imagen vale más que mil palabras”.

Si miramos hacia atrás podemos descubrir que la muerte siempre ha sido un tópico potente en la historia de la fotografía y las imágenes, no solo en lo que respecta a dar información como lo podrían ser las fotos de Bin Laden, sino también a nivel estético, tema que se desarrolló bastante a finales del siglo XIX. En plena época moderna, las

connotaciones de las fotografías de fallecidos distaban mucho de lo que son hoy.

Los inicios del post-mortem

Cuando el daguerrotipo, una máquina de captura de imágenes del siglo XIX que permitía sacar fotos a menor tiempo de exposición que sus predecesoras, comenzó a popularizarse entre las masas, se comienzan a ver las primeras imágenes que retraban personas muertas. Eso sí, estas tenían una cualidad: eran niños que habían fenecido a una muy corta edad o a los pocos días de nacidos, y se les retrataba como si estuvieran vivos.

Fue así como comenzó

a gestarse la fotografía post-mortem, un género donde el autor comenzó a intervenir la estética del espacio retratado de manera tal de que no parezca que el niño haya muerto. Esto debido a que los familiares de las víctimas necesitaban tener un “testamento” de que su hijo alguna vez había estado vivo, y que había sido parte de la familia.

Estas imágenes tuvieron una considerable demanda durante la época moderna, tanto así que los fotógrafos empezaron a ofrecer sus servicios como retratistas post-mortem en los periódicos. El alto índice de mortalidad infantil de la época fue un factor clave para la expansión del género.

Este tipo de fotografía también tuvo lugar en América Latina donde Juan de Dios Machain fue uno de los autores más destacados. Se conocen más de cien imágenes de su autoría, y se caracterizaba principalmente por vestir de “angelitos” a los niños que fotografiaba.

Los fotógrafos de post-mortem, se centraron primordealmente en los retratos donde ambientaban de tal manera, que se sacara por conclusión que quien se encuentra en la foto está durmiendo. Más tarde se incursionaría en mostrar a los niños con los ojos abiertos, fotografiar adultos, o simplemente mostrar a la persona recostada en su ataúd sin tratar de esconder nada. También cabe destacar que a principios del siglo XX – entre los años 20 y 30) las imágenes comenzaron a mostrar otros ángulos, mostrando también a los familiares afectados mirando el cuerpo, o en procesión a enterrarlo.

Con la llegada de las cámaras modernas en los 50 la demanda por fotografía Post-Mortem se hizo cada vez menor, llegando a considerarla como “morbosa”. Las personas ahora tienen mayor facilidad de tomar imágenes por sí mismas y prefieren fotografiar a sus cercanos vivos, que muertos.

Fama inmortal

A pesar de que el género es mal mirado, después de los años 50 y hasta nuestros días, se sigue utilizando. La diferencia es que las imágenes dejarán de tener un interés privado -una familia que quiere el recuerdo de su hijo-, y pasarán a ser más masivas.

Actualmente la fotografía post-mortem está casi exclusivamente reservada para los personajes que han alcanzado un nivel de “héroe” o “villano” entre las masas. Así ha ocurrido con imágenes sacadas en el mismo féretro como las de Eva Perón, Francisco Franco, el papa Juan Pablo II, Augusto Pinochet, que identifican que la persona falleció por procesos naturales.

Pero cuando la foto muestra una muerte que no ha sido por enfermedad o por vivir lo suficiente, se tiende a censurar, advirtiendo que puede dañar la sensibilidad del espectador. Ejemplos son la autopsia de John F. Kennedy, la foto del Che Guevara asesinado por la CIA, el disparo a la cabeza de Salvador Allende, entre otras. Fotografías que salieron a la luz pública pero que se evitan mostrar.

En este caso la fotografía forense queda a un lado, debido a que pertenece a un proceso de investigación que no es público.


Imagen en pedazos

En un plano que va más allá de informar el fallecimiento de un personaje “importante”, se encuentran los fotógrafos que actualmente han hecho de la muerte una estética y una forma de hacer arte que les ha permitido abrir controvertidas exposiciones.

Un ejemplo de esto es Andrés Serrano, fotógrafo estadounidense que su portafolio contiene fotos de cadáveres o de gente quemádose. En 1992 realizó su exposición Morgue donde fotografía partes del cuerpo descompuestas.

Por otra parte se encuentra Alejandro Metinides que desde su trabajo en el diario sensacionalista La Prensa de México, ha capturado impactantes escenas de accidentes en su país. Esto lo ha hecho conocido a nivel mundial y considerado como un artista, debido a

la composición y expresividad en sus fotos.

El cliente siempre tiene la razón

Después de este recorrido por la relación de la fotografía y la muerte, se pue

de lograr tener una

idea del por qué las personas piden las fotos del ex líder talibán, y es porque siempre se ha convivido con ello. Sensacionalismo y morbo hay en la expectación a que salgan, pero que el gobierno estadounidense haya dicho “no saber si publicarlas o no” ya declara de que existen, y por ende la expectación termina siendo mayor.

Probablemente la historia termine con una supuesta “filtración” de las fotos como pasó en su tiempo con el video de la ejecución de Saddam Hussein.

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